Del blog Pijus Economicus de Alberto Garzón Espinosa.

Introducción a la economía (II): Las variables fundamentales del análisis económico


Un buen economista, como decíamos el otro día, crea modelos o maquetas con los que reflejar la realidad económica. Una vez está montado el modelo, que se desarrolla matemáticamente a partir de unos supuestos de partida, lo que se hace es interpretar cómo reaccionan todas las piezas al movimiento de una de ellas. Así es como obtiene las conclusiones de política económica, las cuales son obviamente dependientes de la validez o no del modelo como reflejo de la realidad.
El otro día analizamos qué era la economía y cómo era el proceso productivo, por lo que nosotros ya tenemos encima de la mesa dos piezas fundamentales, capital y trabajo, que hemos notado con K para el caso del capital y con N para el caso del trabajo. Ambos son los llamados factores de producción, que se combinan para participar en los procesos productivos de una economía. La pregunta es, ¿cómo se combinan? ¿De qué depende que haya tanto o más trabajo o tanto o más capital en cada proceso de producción? Estas preguntas son fundamentales porque en nuestro modelo tendremos que asumir que todas las empresas producen de la misma forma, y que todas combinan igual capital y trabajo. Se dice, más generalmente, que todas las empresas tienen una misma función de producción.

Las técnicas de producción
En economía se puede asumir que una economía combina capital y trabajo de forma fija o de forma variable.
Que una economía combine capital y trabajo a partir de coeficientes fijos significa que  asumimos que las empresas por cada incremento de capital necesitan un incremento igual de trabajo. Cualquier incremento de capital que no vaya seguido por un incremento de trabajo (o de trabajo que no vaya seguido de incremento de capital) no producirá nada de forma añadida. El ejemplo clásico es el de las palas de cavar y los trabajadores. Por más palas que traigamos si no incrementamos el número de trabajadores las palas no servirán para nada: no habrá más producción. Una función de producción de este tipo es la de Leontieff.
Si una economía combina capital y trabajo a partir de coeficientes variables significa que puede combinar tanta cantidad de trabajo con cualquier cantidad de capital, y viceversa. Que si incrementamos la cantidad de capital sin modificar la cantidad de trabajo, o al revés, entonces la producción final sí variará. Una producción de este tipo es la Cobb-Douglas, básica para el análisis neoclásico.
Una combinación determinada de capital y trabajo, la que sea, está describiendo una técnica de producción determinada. Es decir, si en una economía sólo hay una forma de combinar capital y trabajo entonces decimos que sólo existe una técnica de producción posible. Si por el contrario una economía puede elegir entre distintas combinaciones de capital y trabajo entonces decimos que hay un amplio repertorio de técnicas de producción disponibles. Y al conjunto de todas esas técnicas de producción le llamamos tecnología.
Así pues, una técnica de producción nos está diciendo que en un proceso productivo se combina capital, K, y trabajo, N, para dar lugar a un determinado nivel de producción, X, y teniendo presente que siempre hay una depreciación o gasto del capital, D. Si cambiamos de técnica lo que estamos haciendo es combinar una diferente cantidad de K y de N para dar lugar a un distinto nivel de producción X y un grado diferente de depreciación, D. Por eso se dice que la función de producción de una economía depende del valor de esas variables, que expresan una elección concreta de técnica. En notación se diría que X = F (K, N, D). Es decir, que la producción X es función del valor de K, N y D.

La productividad
Cuando combinamos capital y trabajo para dar lugar a una producción podemos calcular algunos ratios o relaciones que nos serán muy útiles en el análisis. Una de esas relaciones es la productividad del trabajo, que se define como la cantidad de producción que se crea por unidad de trabajo. El trabajo puede estar medido en horas de trabajo (en cuyo caso estaríamos hablando de la cantidad de producción generada por hora de trabajo) o por número de trabajadores (en cuyo caso estaríamos hablando de la cantidad de producción generada por trabajador). Es un simple ratio al que llamaremos x.
Esto significa que si X son 100 toneladas de trigo y N son 10 trabajadores, la productividad del trabajo será de 10 toneladas. Cada trabajador producirá una media de 10 toneladas de trigo. Si x aumenta quiere decir que cada trabajador producirá más toneladas de trigo que antes.
Se puede hacer lo mismo con el capital, obteniendo la productividad del capital. Vamos a llamar p a la productividad del capital, definiéndola de la misma forma que hicimos con el trabajo.
De esa forma se dice que si aumenta p se está produciendo más cantidad de producción final por cada unidad de capital. Hay que notar que aquí el problema es el de la medida del capital, problemática afrontada en la ya mencionada “controversia de Cambridge”. Los modelos suelen obviar este problema asumiendo que en la economía sólo hay un tipo de capital, medido en unidades monetarias (euros, dólares, etc.).

La modernización técnica
Antes dijimos que cada técnica de producción refleja una determinada combinación de capital y trabajo. Eso significa que en un determinado momento podemos saber cuál es la combinación de capital y trabajo que opera en una economía. Eso se consigue a través de la relación capital-trabajo o coeficiente capital-trabajo:
El coeficiente capital trabajo es muy importante porque expresa el grado de mecanización (o capitalización) de una economía. Es una medida del stock de capital por trabajador o, en otras palabras, de la cantidad de capital que hay por cada trabajador. Es uno de los indicadores clave en todos los modelos de crecimiento económico, como iremos viendo en esta serie.
Los países más desarrollados suelen tener una relación capital-trabajo muy alta, expresando así un grado de mecanización mucho más avanzado. Por el contrario, los países subdesarrollados muestran unas relaciones capital-trabajo mucho más bajas. La razón está en que el valor de la relación capital-trabajo depende del tipo de proceso productivo (no es lo mismo sectores de alta tecnología que sectores turísticos) y de la abundancia o no de determinados factores (capital o trabajo). Por esa razón los economistas pensaban (antes de confirmarse que era más complejo) que incrementar el stock de capital –acumular- era la vía más adecuada para que los países subdesarrollados se desarrollaran, ya que eso suponía aumentar K respecto a N.
Para entender por qué la relación capital trabajo cambia a lo largo del tiempo hay que volver a hablar de competencia y rentabilidad. Lo que los capitalistas buscan siempre es maximizar su ganancia o, más especialmente, su tasa de ganancia (la relación entre los beneficios y la inversión). Y eso significa que siempre elegirán una técnica de producción que satisfaga esa condición. Imaginemos que somos un capitalista que tiene que elegir entre una combinación de 4 de capital y 1 de trabajo, que proporciona 5 de beneficios, y una combinación de 2 de capital y 3 de trabajo, que proporciona 10 de beneficios. Bajo ese dilema es evidente que el empresario elegirá la técnica de producción segunda, aunque sea menos “tecnológica”.
En realidad la clave está en el precio de los factores capital y trabajo. En países o sectores donde hay abundancia de mano de obra (trabajadores) ésta será muy barata en comparación con el capital. Eso puede significar que al capitalista no le merece la pena sustituir trabajadores baratos por tecnología cara. Supongamos el caso de un supermercado, donde los trabajadores de la caja cobran muy poco salario. El capitalista ya tiene a su disposición técnicas productivas diferentes para poder sustituir esos trabajadores de caja por máquinas que lo hagan todo más eficientemente, pero no lo hará hasta que no le resulte rentable. Si los salarios siguen siendo bajos preferirá seguir usando trabajadores, pero si los salarios subieran (por ejemplo porque el número de trabajadores –oferta de trabajo- disminuye) entonces el empresario empezaría a ver rentable cambiar esos trabajadores por máquinas. En este caso estamos frente al proceso de modernización.
El proceso de modernización está empujado por la competencia. Los capitalistas están enfrentados entre sí continuamente en un intento por ganar cuotas de mercado, es decir, por vender sus productos a la mayor cantidad de gente posible. Si partimos de un equilibrio, por ejemplo del hecho de que dos capitalistas se reparten el mercado a partes iguales y tienen los mismos precios y las mismas técnicas de producción (relación capital-trabajo), es evidente que alguno de los dos capitalistas intentará arrebatar al otro su parte. Y lo hará, precisamente, a través de la investigación en nuevas técnicas productivas. Buscará la forma de sustituir trabajadores por capital para así incrementar su ganancia al menos durante un tiempo. Porque el resto de competidores responderá actuando por imitación y adoptando esas nuevas técnicas, lo que hará que de nuevo se vuelva al equilibrio pero con una relación capital-trabajo global distinta. Según Marx, y como veremos más adelante, detrás de este proceso se esconde el destino fatal del capitalismo: su propia crisis definitiva.
Volveremos sobre el asunto de la cuestión tecnológica y la modernización más adelante, así como hablaremos también de la convergencia (o no) de los países ricos y los países pobres. De momento seguimos recopilando piezas para nuestro modelo y para entender todos los modelos económicos.

Tasa de ganancia y participación en la renta
Ya hemos hablado varias veces de la tasa de ganancia, que es el indicador básico de la situación económica. Y eso es así porque sin una tasa de ganancia suficiente los capitalistas no tendrán incentivos para producir y por lo tanto el sistema entrará en crisis. Como indicador la tasa de ganancia puede definirse como la proporción de beneficios que se obtienen a partir de una inversión en capital determinada:
Donde, v es la tasa de ganancia bruta, Z los beneficios brutos y K el capital.
Como decíamos, la interpretación económica de esa relación es muy sencilla. Expresa la cantidad de beneficios en relación a la cantidad de inversión realizada. Pero claro, los beneficios están en términos brutos, es decir, sin descontar lo que hay que dedicar a reponer el capital gastado. Para saber cuánto es el capital gastado establecemos un nuevo ratio: el ratio de depreciación. Este ratio nos indica la cantidad de capital que se gasta en relación al capital total invertido:
Y sabiendo ya el grado de depreciación entonces ya podemos obtener la tasa de ganancia neta, es decir, la relación beneficio/inversión que ya tiene en cuenta la parte que había que pagar en concepto de reparación del capital gastado.
Bien, hasta este punto ya tenemos indicadores muy sencillos sobre la tasa de ganancia, que es el motor del sistema. Ahora completaremos nuestras piezas analíticas con la participación salarial de la renta. Como ya dijimos, la producción puede dividirse entre beneficios y salarios. Eso significa que podemos hablar de beneficios y salarios en relación a la producción, es decir, podemos saber qué parte de la “tarta” le tocan a salarios y beneficios.
Recordando que la producción es X y que puede dividirse en Salarios, W, y Beneficios, Z (X=W+Z), ahora definiremos la variable de participación empresarial:
Si ahora ponemos las variables en relación a cada trabajador, es decir, dividimos cada variable por el número de trabajadores, N, tenemos que:
Donde x es la productividad del trabajo, como ya vimos, y w es el salario medio por trabajador (lo que los trabajadores cobran de media). Nótese entonces que w/x es la participación salarial, es decir, la parte de la “tarta” (producción total) que obtienen los trabajadores. Por lo tanto y lógicamente la participación empresarial es la parte de la producción que queda al restarle la parte salarial. O, como en la última expresión aparece, es 1 menos la participación salarial.

Acumulación de capital
Finalmente nos basta con saber qué variable usar para estudiar el proceso de acumulación de capital. Este proceso se puede representar analíticamente de forma sencilla:
Lo que estas expresiones nos indican es que el incremento de K es el capital que hay en el período t+1 menos el capital que ya había antes en el período t. Así que el incremento de capital respecto al capital inicial K es la tasa de crecimiento del capital.
Con todo esto ya tenemos suficientes piezas en el modelo para comprender algunas relaciones fundamentales de todos los modelos de análisis económico, aunque sin duda irán saliendo otras más. En la próxima anotación veremos una construcción incipiente de un modelo y podremos estudiar qué relación existen entre todas las variables aquí apuntadas, lo que nos permitirá consolidar los conocimientos hasta ahora adquiridos y además nos permitirá entenderlos en su aplicación al modelo.
En los tiempos que corren debemos estar preparados y debemos informarnos de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, por qué está sucediendo y cómo combatirlo. Alberto Garzón Espinosa es economista y diputado por Izquierda Unida en el Congreso de los diputados —es el más joven además—. Tiene un blog llamado Pijus Economicus del cual he copiado un artículo que nos introduce en conceptos económicos de gran utilidad.  

Introducción a la economía (I): la economía y el crecimiento económico


Decía el catedrático de economía David Anisi que “la actividad económica podría visualizarse como la elaboración y consumo de un gran caldero de sopa: alguien prepara el fuego, otros ponen los ingredientes, aquellos remueven y vigilan la cocción, y una vez condimentada llega la hora del reparto. Unos reciben cucharillas pequeñas, otros cucharas, otros cucharones, aquellos otros cazos, y algunos hasta cubos, para poder retirar del caldero su parte. Y en principio nada hay que relacione de forma necesaria la contribución a la elaboración del caldo con la capacidad del utensilio entregado para poder consumirlo” (Anisi, 1994). Como él mismo indicaba, esta metáfora describe las tres preguntas que la economía debe responder: ¿qué producir?, ¿cómo hacerlo? y ¿para quién esa producción?
Efectivamente, cualquier sociedad organiza su economía para dar una respuesta a esas tres preguntas, y en función de cómo responda a las mismas vivirá en uno u otro sistema económico. En la actualidad vivimos bajo el sistema económico capitalista, que es diferente al sistema económico esclavista, el feudalismo o el comunismo precisamente por las respuestas que ofrece a tales interrogantes. Los primeros economistas en intentar entender el sistema capitalista fueron los autores clásicos (Smith, Ricardo, Malthus, Marx…), que elaboraron los primeros modelos económicos para entender cómo funcionaba una sociedad de tipo capitalista. Desde entonces y durante más de 200 años todos los economistas han usado distintos modelos, con diferentes supuestos todos ellos, con los que se han enfrentado entre sí en una guerra permanente por ofrecer las mejores explicaciones de la realidad y las políticas económicas más adecuadas para la sociedad en su conjunto o para ciertos sectores de ella [1].
Los economistas clásicos estaban preocupados por la distribución entre clases sociales y en cómo afectaba eso al futuro del sistema, es decir, al crecimiento económico. Según ellos se puede distinguir dos clases sociales básicas: capitalistas y trabajadores. Los primeros poseen los medios de producción (las empresas), y los segundos tienen que ofrecerse en el mercado de trabajo a cambio de un salario. Los trabajadores son trabajadores porque no pueden vivir sin “venderse” en el mercado, mientras que los empresarios no tienen necesidad de hacerlo. Este es el punto de partida de los clásicos, que por lo tanto, y en un proceso de abstracción, reducen a las personas a su distinta posición social en el sistema económico.


¿Qué es el crecimiento económico?

El crecimiento económico es el objetivo fundamental del capitalismo, sin el cual éste no puede existir. El crecimiento es técnicamente la ampliación de la capacidad productiva de la sociedad, es decir, la mejora del bienestar material de una sociedad. El crecimiento permite nuevas tecnologías y construir las mismas cosas en menos tiempo, permitiéndonos de ese modo disfrutar de nuevos productos y servicios que hasta entonces no estaban a nuestro alcance. El capitalismo, dado que promueve el crecimiento constantemente, ha sido considerado siempre un sistema económico altamente “positivo” incluso por los marxistas [2].
Pero el crecimiento no es un resultado azaroso sino que depende, ante todo, de la capacidad para reinvertir parte de la producción. Cuando los capitalistas contratan a los trabajadores los incorporan a un proceso de producción por el cual se transforman unos inputs (materias primas) en un output (producción final). Y el valor monetario de esa producción final se llama producción.
Volviendo a un nivel de empresa lo que nos interesa saber es qué contribuye al proceso productivo. Sabemos que los trabajadores participan, pero también que no lo hacen solos sino que utilizan maquinaria puesta por el empresario. Por eso se dice que en un proceso productivo se encuentran conjuntamente el Trabajo (N) y el Capital (K). Por capital hay que entender a toda máquina (o medio de producción) cuyo uso permite obtener un flujo de renta futura [3].
Ahora bien, sabemos que el capitalista es el propietario legal de los medios de producción y del propio trabajador, y por lo tanto es él quien decide qué hacer con esa producción y cómo distribuirla. Una parte de esa producción se dedicará a reponer el capital gastado en el proceso (se llama consumo productivo o depreciación), otra parte se la queda el empresario para sus gustos personales (se llama consumo improductivo) y finalmente otra parte se reinvierte (inversión neta). Esa parte que se reinvierte se dedica para la compra de nuevo capital y para investigar mejores tecnologías. Es precisamente este último componente (la inversión neta) la que determina el grado de crecimiento económico, razón por la cual se considera que la acumulación de capital (inversión neta) es la clave de la disciplina.

Piénsese por ejemplo que un proceso productivo no tuviera inversión neta (acumulación de capital). Hay dos posibilidades. La primera, que tampoco hubiera excedente. Eso quiere decir que todo lo producido se dedicaría a consumo productivo, es decir, a reponer lo gastado y volver a producir de nuevo exactamente igual. La segunda posibilidad es que haya excedente pero que se dedique completamente a consumo improductivo. En ese caso la sociedad produce más de lo que necesita para producir otra vez, pero no dedicaría recursos a la investigación de tecnologías ni a mejorar el proceso productivo, por lo que el siguiente proceso de producción sería también exactamente igual que el anterior. Marx llamó a ambas opciones proceso de reproducción simple, porque permitía a la sociedad subsistir pero no incrementaba la capacidad productiva [4].
Por el contrario, el proceso en el que sí existe inversión neta o acumulación de capital es conocido como reproducción ampliada.
En definitiva, el proceso de crecimiento depende del proceso de acumulación, de forma que el capitalista enfrenta una decisión de tipo “trade-off” (de intercambio de suma cero; tiene que elegir una combinación de ambas opciones) entre reinvertir (acumular) y consumir.


El motor del crecimiento económico

Sabemos que el trabajador entra en el proceso productivo por mera supervivencia, ya que de lo contrario está condenado a la muerte por inanición, pero ¿qué lleva a un capitalista a invertir parte de su riqueza y además hacerlo de forma constante o incluso creciente?
La respuesta es sencilla: el afán de lucro. Los capitalistas invierten parte de su dinero en el proceso productivo porque obtienen una rentabilidad. Eso quiere decir que si introducen en el proceso productivo un total de 1000 euros lo que están buscando es que a la vuelta haya una cantidad de producción en valor monetario superior a 1000 euros. Están buscando una ganancia. Por eso la tasa de ganancia (que mide la proporción de beneficio en relación a la cantidad de inversión) es una variable fundamental de la economía, pues si no es suficientemente alta los capitalistas no invertirán y el proceso productivo entrará en crisis.
Además, los capitalistas no dejan de invertir porque están presionados por la competencia. Si un panadero reinvierte una parte de su excedente y mejora sus medios de producción ello le permitirá hacer el pan más rápido y por lo tanto incluso rebajar el precio por unidad. Si el competidor del panadero no ha hecho lo mismo (reinvertir) estará condenado a la quiebra (asumiendo comportamientos razonables por los consumidores, que preferirán comprar el pan más barato).
Habiendo visto ya la ganancia nos queda por resolver el aspecto salarial. Efectivamente, los trabajadores no morirán porque trabajan y, concretamente, porque reciben un salario a cambio de ese trabajo que les permitirá adquirir los bienes de consumo suficientes. Sabemos que es el capitalista el que determina el nivel de salarios, al menos en ausencia de normativa institucional (leyes de salario mínimo, etc.), pero los economistas clásicos entendían que ese salario tendía hacia un nivel considerado de subsistencia. El salario de subsistencia era aquel que permitía a los trabajadores sobrevivir, y no más, porque al igual que el capitalista quería maximizar su ganancia (y por lo tanto rebajar los salarios) también le interesaba que sus trabajadores no murieran. Las presiones del “ejército industrial de reserva” (término acuñado por Marx), que era el conjunto de trabajadores sin empleo, hacia que el salario se moviera en la dirección de reducirse hasta el nivel de subsistencia. Malthus, Ricardo y Marx, entre otros, discutieron mucho sobre este punto, hasta terminar considerando lo ya apuntado: el salario, en el largo plazo, tiende hacia un nivel fijo.
En cualquier caso interesa volver a la notación del esquema. La producción bruta puede desdoblarse en dos partes: la parte salarial y la parte empresarial. Así, sabiendo que Z son Beneficios Brutos y que W son Salarios, la producción bruta es: X = Z + W. En los beneficios brutos entran los beneficios netos más la depreciación, de modo que si consideramos que R es el beneficio neto y D la depreciación tenemos las siguientes opciones:

X = W + Z;

X = W + (R + D);

Y = X – D;

Y = W + R;

Esto significa que el capitalista enfrenta otro trade-off, esta vez entre la cantidad que dedica a salarios y la cantidad que dedica a beneficios. Si tenemos en cuenta ambos trade-offs lo que concluimos es que el proceso de producción completo está marcado por el siguiente resumen:
El capitalista compra capital (maquinaria), K, y alquila trabajo (trabajadores), N, de modo que en el proceso de producción participan K y N. Los trabajadores utilizan los medios para producir una cantidad mayor de producción final, X. Dado ese valor de producción el empresario tiene que decidir cuánto paga en concepto de salarios, W, y cuánto se queda en concepto de beneficios brutos, Z. Una vez se queda con los beneficios brutos, Z, repone el capital gastado o la depreciación, D, quedándose finalmente con el beneficio neto, R. Y ahora tiene que elegir cuánto dedica a consumo improductivo, Cc (consumo capitalista), y cuánto a inversión, I.
Hasta aquí tenemos ya algunas piezas fundamentales de nuestro modelo (trabajadores y capitalistas) y el motor que hace funcionar al sistema (la tasa de ganancia), es decir, que permite la existencia de crecimiento económico. Ahora veremos cómo los economistas han utilizado estas piezas y otras nuevas para construir sus propios modelos económicos o maquetas de la realidad. Ello nos permitirá entender los modelos actuales y también entender las relaciones que existen entre diferentes conceptos (productividad, coeficiente capital-trabajo, coeficiente output-capital, etc.). En la próxima anotación.


Notas:

[1] Los autores clásicos comienzan con A. Smith, e incluyen a D. Ricardo, T. Malthus, J. S. Mill y K. Marx, lo que los sitúa entre el siglo XVIII y siglo XIX. Antes de ellos ya pensaron sobre economía muchos otros, especialmente los fisiócratas de F. Quesnay, de principios del XVIII. Después de los clásicos llegaron los neoclásicos (L. Walras, A. Marshall, A. Pigou, W. Jevons) de finales del siglo XIX y principios del XX. Con la Gran Depresión llegan las ideas de Keynes y el llamado keynesianismo. Los neoclásicos aceptan parte de la crítica de Keynes y la incorporan a su modelo, con lo que nace la síntesis neoclásica (mediados siglo XX). Durante todo ese tiempo convivirán tres amplias ramas (el marxismo, el poskeynesianismo –que negará la fusión con la teoría neoclásica- y la síntesis neoclásica), de las cuales nacerán más y más ramas.
[2] Marx consideraba que el socialismo era la etapa siguiente al capitalismo, y por lo tanto para llegar al paraíso de los trabajadores era necesario que antes existiera capitalismo y métodos de producción de tipo explotador (donde el capitalista técnicamente explota al trabajador). El desarrollo de las fuerzas productivas llevaría al socialismo, pero sin ese desarrollo sería imposible crear una sociedad sin clases que viviera en condiciones dignas. Marx de hecho consideraba que el socialismo llegaría en la Europa industrial promovido por los obreros industriales. Cuando la revolución llegó en la Rusia zarista, con un sistema económico de tipo feudal y con incipientes estructuras capitalistas, el debate estalló entre los “marxistas legales” (partidarios de industrializar forzosamente primero al país) y los “populistas rusos” (partidarios de “saltarse una etapa”). Este mismo debate se replicó en América Latina, que no había tenido feudalismo en las formas que estudió Marx para Europa, y dio lugar a una separación entre la línea oficial y ortodoxa marxista (y su práctica política en los partidos comunistas) y la línea heterodoxa marxista (y la práctica política de las guerrillas). Esta última línea se conoce como línea neomarxista (Baran, Sweezy etc.) o teoría de la dependencia (Frank, Salama, Fröbel, etc.).
[3] Dos puntualizaciones. En primer lugar lo anterior no quiere decir que participen de la misma manera, ya que para algunas escuelas de pensamiento el capital no crea valor y por lo tanto el único responsable último del crecimiento económico es el trabajador (la teoría laboral del valor, que propugna eso mismo, era mantenida por los economistas clásicos, tanto liberales como marxistas, pero fue rechazada más tarde por los economistas neoclásicos). Y en segundo lugar, hay una unidad de medida para considerar al trabajo (las horas de trabajo o el número de trabajadores) pero no la hay para considerar al capital (ya que es un conjunto heterogéneo de bienes). La “solución” es multiplicar el número de bienes de capital por su precio, pero el problema es que el precio depende asimismo del número de bienes, lo que lleva a un  problema lógico en principio irresoluble. A este respecto hay una controversia llamada “Controversia de Cambridge sobre la teoría del capital” cuya resolución fue propuesta por el economista italiano P. Sraffa y que terminaba por demoler los cimientos del pensamiento neoclásico. No obstante, la mayoría de modelos obvian estos problemas y hacen como si no existieran.
[4] Los antropólogos y algunos economistas multidisciplinares han demostrado que las sociedades de cazadores-recolectores, por ejemplo, eran en realidad sociedades de excedente. Eso quiere decir que producían más de lo que necesitaban. La cuestión es que dedicaban esos excedentes a su consumo propio (consumo improductivo) y no a reinvertirlos, pues sus deseos y necesidades estaban limitados y no tenían el impulso de “crecer” (sobre este tema merece la pena leer el completísimo libro de J. M. Naredo “La economía en evolución”).

Proyecto Musical NUBES Y CLAROS

Manuel Díaz de la Guardia es un joven que vive en Sanlúcar la Mayor (Sevilla), responsable de la creación del grupo musical Nubes y Claros. Es licenciado en Ciencias Ambientales y realizó, como proyecto fin de carrera, un interesante trabajo de investigación sobre plantas y flores de la localidad en la que habita, concretamente sobre la flora del Parque Las Majarocas.
Además de explorar la fisiología de las plantas y los mecanismos ocultos —y no tan ocultos— de la Naturaleza, Manuel decidió un día explorar y recorrer su mundo interior —siempre Ítaca— escribiendo canciones, con el propósito de comunicar y expresar ideas, conceptos, emociones… Todo Arte es comunicación y expresión.
Las influencias musicales de las que se nutre Nubes y Claros, en palabras del propio autor y creador, proceden de grupos musicales tales como Nirvana, Incubus, Pearl Jam, A Perfect Circle y unos cuantos grupos más que componen el abanico estilístico a modo de mosaico.
Centrándome en el aspecto meramente musical, las canciones compuestas por Manuel poseen una línea melódica sencilla y bien construida. Podemos observar, asimismo, una preferencia por la modalidad, un cierto uso de las relaciones mediánticas en los acordes y, en ocasiones, la voz crea disonancias, sobre todo de 7ª o 9ª, con acordes mayores o menores de la guitarra. Desde sus primeras canciones, Manuel ha cuidado la técnica vocal y se ha ocupado y preocupado por su formación musical y por cuidar la entonación.
En cuanto a las letras de las canciones, subyace en todas ellas un cierto carácter profundo, intimista y fuerte presencia del existencialismo, sin dejar de lado, en algunas canciones, la crítica ácida hacia la sociedad o hacia ciertas experiencias personales y vivencias del autor («nada humano me es ajeno» escribió el poeta).
De su último trabajo El fin es el comienzo me gustan las canciones La Apatía, Gravedad, Desde el final y Todo es posible; en esta última canción he colaborado tocando el violonchelo y he hecho una versión pianística de la misma que escucharemos a continuación.

Este es el enlace de la canción original compuesta por Manuel Díaz de la Guardia. Todo es posible.

Y esta es la versión pianística que he realizado:

Para concluir, sólo desearles a Manuel y a Nubes y Claros el mayor de los éxitos, tanto en el terreno musical como en el personal.